TIEMPO ATRÁS

El primer día de ginmasio

Debería haber una convención social por la cual el primer día en el gimnasio, la piscina o cualquier otra instalación deportiva, no contase. No sé cómo estarán las estadísticas  pero me parecería de lo más coherente que un altísimo porcentaje de gente no regrese.

Los centros deberían enviar un manual de instrucciones para preparar tu debut depo
rtivo y así la gente se sentiría mejor. Sería maravilloso llegar allí y dominar el terreno: vestuario de chicas a la derecha, el euro para la taquilla preparado, la toalla y la botella de agua conjuntadas.

Pero no, la realidad es que tú llegas allí e intentas poner cara como de que ya te lo sabes todo mientras una sensación de desolación te invade por dentro.  Entras en la sala y te aferras a una “máquina de cardio” desde donde poder observarlo todo con calma y planificar tu próximo movimiento.

Normalmente, es el momento idóneo para estudiar la disposición del resto de las máquinas, hacer un barrido general de caras conocidas y localizar individuos que te sirvan de consuelo y te hagan pensar: “esa también está perdida”. En mi caso, tengo la curiosa tendencia a olvidar las lentillas el día que voy a un lugar nuevo, con lo cual la tensión aumenta, las sombras borrosas desfilan ante mi como fantasmas en la noche y solo acierto a localizar la esquina donde están los chicos con las pesas en lo que un enano en mi cabeza grita: “¡ahí ni se te ocurra acercarte!”. El primer día es como una oda a la torpeza.

 Mientras vas haciendo todas estas conjeturas, el tiempo pasa, y como es el primer día, tu súper-plan de estar en la “elíptica” 20 minutos a nivel 4 empieza a tambalearse. De pronto, te fijas en que a tu lado, una rubia esculpida por los dioses lleva 45 minutos a nivel 7 mientras habla por whatsapp y escucha música, y todo esto sin ni sudar. Tú que llevas 10 minutos y estás roja como un tomate y sudando como un pollo empiezas a diseñar maneras de bajar de la máquina y sentarte, porque se te nubla la vista, en un intento por disimular tu deplorable estado de forma física; la rubia debe morir.
Superado el delicado trance, te diriges a las máquinas. Eliges la de abrir y cerrar las piernas y la de hacer sentadillas, (siempre congregan a la mayoría de jóvenes) y te turnas con ellas varias veces. Hasta aquí todo bien, lo que no sabes es que has utilizado los mismos pesos que gente que lleva dos años sin faltar al gimnasio y mañana no te vas a poder ni levantar.

Las piscinas, por su parte, están diseñadas para que todo sea muy ágil y dinámico; tan ágil y dinámico que llegas aterrada. En septiembre empecé en una piscina nueva. Todo está pensado al milímetro y ciertamente tuvieron el detalle de poner un papel explicativo sobre el funcionamiento de las taquillas con contraseña pero, OH! Se les olvidó poner un cartel que indicase dónde está la piscina! Ahora cada vez que todas las semanas alguien con cara de perdido pregunta – ¿Dónde está la piscina? – yo con mirada de suficiencia contesto – “Por ahí”.

Ciertamente, el primer día en un centro con instalaciones deportivas tiene el ridículo asegurado. Si el lugar es de lo más glamuroso, te tiemblan las piernas desde antes de cruzar las puertas. Pero si el gimnasio es el municipal y en él coinciden todos tus conocidos de la ciudad, vas a sudar más por la presión que por el deporte.

En cualquier caso, no hay nada como el placer de la segunda semana, cuando miras con aires de infinita superioridad a los nuevos valientes; es el premio por haber superado, la prueba de fuego.

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