TIEMPO ATRÁS

Leyendo a Malala

Estas Navidades en un amigo invisible recibí algo que yo llevaba tiempo buscando, el libro de Malala Yousafzai, “Yo, Malala” – La niña que arriesgó su vida por defender el derecho a la educación–. Lo devoré sin disimulo en pocos días, y la verdad, superó mis expectativas. No esperaba un libro heroico narrado cual película americana, ni autocompasivo, ni tan siquiera un catálogo de insultos hacia el terrorismo; y no lo encontré. Es la historia de una niña, escrita de manera sencilla, sin florituras, sin añadidos, es justamente lo que necesitas para intentar ponerte en su situación y pararte a pensar.

 
Yo nací en los noventa y como casi todos los niños de mi generación he echado pestes del colegio, he odiado los deberes y hubiese llamado empollona a Malala si hubiéramos sido compañeras de aula. Probablemente a partir de los 14 años se considera suicidio social involucrarse lo más mínimo por la marcha del colegio y competir por ser la primera de la clase.
Y no es que yo fuese la way del cole precisamente, de hecho, echando un breve vistazo al ratio de público de mi blog, probablemente tú, lector, has vivido en un colegio parecido.
 
A lo largo del libro se me fueron encendiendo varias luces; la primera es una pregunta obvia: ¿En el primer mundo, nos hemos vuelto completamente idiotas? Medio mundo se pelea por ir a un colegio y el otro medio por no ir.
Seguro que hay una explicación sociológica para este fenómeno, pero lo que está claro es que hoy en día hay problemas terribles a cuenta del abandono escolar, motines estudiantiles ante la autoridad de los profesores, venta y consumo de droga en el patio de los colegios, bulling y un sinfín más que hacen que se te caiga la cara de vergüenza leyendo a Malala.
 
Después de acabar mis estudios creo firmemente en la necesidad de que todas las personas del mundo reciban educación. Considero que la información nos hace libres, porque sólo cuando hemos tenido la oportunidad de ver y contrastar tenemos la capacidad necesaria para tomar nuestras decisiones con total convicción y es esa convicción la que nos permite avanzar. Pero eso es algo que no supe ver mientras estaba estudiando.
 
Y esa es una de las cosas que más me sorprende de Malala; ella dice que fue su padre quién le inculcó la necesidad de formarse para avanzar, pero a mí también me lo decía el mío y no le hacía ni caso. Supongo que también influye crecer en un entorno plenamente escolarizado o en otro que se guía por supersticiones y creencias incuestionables.
 
Encuentro un momento especialmente destacable cuando ella cuenta como su madre después de tanto tiempo, decide aprender a leer; creo que es un ejemplo aplicable a todos y a todo, nunca es tarde, nunca dejan de pasar trenes, si se tiene fuerza y convencimiento siempre se está a tiempo para aprender, crecer y evolucionar. A veces son las personas mayores, las que creemos que ya no tienen nada más por hacer, las que nos dan una lección de fuerza y determinación; está claro que la edad no se mide en años sino en la actitud con la que se vive.

Es esa fuerza imparable la que, a mi modo de ver, es la mayor de las grandezas de Malala. Cada vez que se menciona la edad de la protagonista a lo largo del libro, parece inverosímil que alguien tan joven tenga tanta fuerza y tanta determinación y tan claro lo que está bien y lo que definitivamente, no puede estar bien. Es su fuerza, la de una niña adolescente muy poco común la que incomodó a un ejército terrorista.
 
¿En qué momento una niña hablando por la radio es motivo de preocupación de unos que, fusil en mano, pueden conseguirlo todo? Parece una broma, pero no lo fue, sino el libro no dedicaría un par de capítulos a su estancia en el hospital.

Por más que lo lea no soy capaz de imaginarme viendo mi mundo desaparecer tal y como lo conozco, destruyendo todo lo que ha sido mi vida y doblegándome ante una tiranía del miedo, teniendo que ceñirme a los dictados políticos y religiosos del mejor armado. Pero la única razón por la que no soy capaz es debido a que formo parte de la sección suertuda de la tierra, porque hay muchos millones de nacidos en los 90 que lo viven día tras día sin necesidad de imaginárselo.
Lo que más admiro de Malala, es su capacidad para saber lo que hay que hacer y su fuerza para hacerlo. Reconozco que me hubiese gustado estar en su lugar ante todos los señores de la ONU y poder reñirles tan bien como lo hizo ella, pero su sóla presencia tiene un plus de autenticidad. 
Con su fuerza y su determinación contagiosas yo también creo que se puede conseguir que todos los niños del mundo vayan a la escuela, sin distinción de sexo, país, ni religión; y cualquier otro objetivo que nos pongamos.

 

 
Banksy’s Girl With Balloon, South Bank, London, 2007

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