AKELARRE

The End of #Summertime

Nunca sé cómo pasa ni cuando ocurre, pero la cosa es que septiembre siempre acaba llegando. Los veranos son muy diferentes para cada persona y en mi caso acostumbran a ser frenéticos, imprevisibles y agotadores.

Allá por julio pasé una semanita en familia en Ibiza. Una calita tras otra, horas tostándome a sol, mil mercados que visitar, paseos por Santa Eulalia, submarinismo, salida en motora, puestas de sol, bailes tribales y Beach Club. El paraíso de la desconexión y un moreno que dura hasta septiembre, las vacaciones perfectas.

Pero el mes de agosto tampoco se ha quedado atrás; es un veraneo mucho menos exótico y mucho más de raíces. A pesar de haber estado trabajando entre semana, los viernes suponían el pistoletazo de salida de un road-trip que acababa en domingo por la noche de vuelta a Madrid.

Los must have de mi verano en el norte incluyen: fiestas de pueblo, amigos, jersecito al atardecer, helados, barbacoas, cañas, vaqueros y playeras. En menos de 24 horas te despiertas en Bilbao, comes en Lekeitio y te das un chapuzón al atardecer en Islares. Sales de casa por la mañana en Santander, paras a comer en el pueblo y acabas en medio de la Aste Nagusi por la noche. Nunca hay destino final ni plan previsto, cualquier WhatsApp proponiendo plan es bien recibido.

Me encanta llevar siempre encima bikini, chanclas y toalla por si se presenta la oportunidad de caer en una playa o un peñón desde el que saltar al agua. El chubasquero es obligado, en caso de lluvia no evitará que te cales, pero si no lo llevas, ¡lloverá seguro! Con un jersey y unas playeras aguantarás en cualquier terraza o fiesta hasta que el sol te mande a casa. El día se sabe dónde empieza, pero  no dónde acaba; el salitre en la piel puede durar infinitas horas.

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Son días en los que no existen los espejos. Estás guapa porque llevas puesta una sonrisa y el brillo en la piel que te deja el estar al aire libre todo el día. Como cuando eras pequeña y arrancabas en bicicleta a primera hora y solo volvías a por la comida o la merienda.

Aprovechar el tiempo al máximo es, cuanto menos, obligatorio. Viviendo, como vivo a 400km de casa, me parece que el mayor esfuerzo que puedo hacer es el de intentar encontrarme con todas aquellas personas que por motivos tan comprensibles como el trabajo o la familia nunca consigo ver. No siempre es fácil, pero me gusta intentarlo, me parece valioso.

Al echar la vista atrás pienso que nunca hay suficientes bailes, helados o chapuzones. Aunque lo cierto es que probablemente un baile más o un helado más, me hubiera hecho desvanecer de cansancio o empacho. Los chapuzones son distintos; alargar hasta el otoño la temporada de baño en el Cantábrico es de lo que más se echa de menos cuando te afincas tierra-adentro pero supongo que hagas lo que hagas, siempre queda esa sensación de querer más y sobre todo si hablamos del verano. Yo prefiero tomármelo como un cambio de estación más. Con algo de tristeza y de nostalgia pero enfrentando el otoño que está por llegar y que ya anuncia grandes eventos.

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